No está bien seguir jugando
a esto de hacernos daño, aunque sea sin querer. A cada segundo somos más
prisioneros de las jugarretas que nos hace el calendario y de cada decisión que
cada uno tomó por su lado. Cuando nos dejan coincidir nos miramos y sin
decirnos nada, intuimos un sentimiento que conocemos en silencio, pero que por
culpa de un no sé qué cada vez se esconde un poco más. En ocasiones, incluso yo
me creo que es una buena solución, pero es que de tanto esconder lo que no
puede ser empiezo a notar que nos estamos quedando en nada.
Quedarse en nada es
empezar a echar de menos. Echarte de menos incluso cuando estás. Aunque te
sienta y pueda ser feliz. Es echarte de menos porque no podemos franquear la
barrera de los dos. Es echarte de menos porque vuelves a estar a años luz al
estar a mi lado.
A lo mejor es el
miedo, no lo sé. Es el miedo a que estemos destinados a ser lo que no podemos
ser. A veces, llegados a este punto, me empiezo a plantear que no nos dejan ser
porque nadie nos podría encontrar explicación.





